Reseña de La época del liberalismo de Josep Fontana

La época del liberalismo, sexto volumen de la Historia de España de Crítica y Marcial Pons es el segundo libro de la serie que leo, tras el volumen quinto, Reformismo e Ilustración de Pedro Ruiz Torres. Empiezo este con mayor escepticismo, pues Fontana - co-director de la serie - es abiertamente marxista, habiendo escrito libros con títulos tan sugerentes como Capitalismo y democracia 1756 - 1848: Cómo empezó este engaño. En la introducción general de la serie que nos ocupa ya se habla de crear una historia de España desde la “diversidad”, desgastado término en nuestros días pero premonitorio aquí del enarbolamiento de esta causa por la izquierda y la ultraizquierda en la década y pico que sigue a la primera edición de la serie, en 2008. Pese a la amenaza introductoria, el anterior libro de Ruiz Torres me resulta una lectura fantástica: entretenida, neutra y rigurosa. Por esto, porque me interesaba mucho saber más de nuestro XIX, y porque Fontana ni es el primer marxista al que leo ni será el último, empiezo la lectura con un entusiasmo que vence cualquier reticencia.
Las primeras páginas discurren amenas y no aprecio de hecho ningún sesgo manifiesto. Poco a poco sin embargo empiezo a encontrar algunas invectivas contra los gobernantes de la época, a los que el autor acusa de falta de luces; poco falta para llamarles imbéciles abiertamente. A la tercera o cuarta coletilla empiezo a notar cierto desgaste. No estoy ni siquiera en desacuerdo con el sentimiento del autor, ni tengo ningún apego particular a los personajes o instituciones atacadas, pero cuanta más historia leo, más aprecio que no solo debe leerse hacia atrás, retrotrayendo nuestros valores, creencias e historiografía disponible, sino que hay que leerla también hacia adelante, fijándola en las limitaciones de los personajes de la época. En la síntesis de esta lectura bidireccional se encuentran frecuentemente áreas de iluminación donde ni justificamos los actos más erróneos o crueles, ni concluimos a la ligera que todas las personas e instituciones de la época eran estúpidas o degeneradas. Me resulta razonable imponer un listón similar o superior a un historiador profesional. Filosofía de la historia al margen, no aprecio en definitiva la falta de mesura del autor, y aunque esté parcialmente de acuerdo con él, las mencionadas invectivas van minando poco a poco mi confianza en su autoridad. (La invectiva a adversarios e incluso amigos era seña de identidad en la escritura de Marx, como nos recuerda Escohotado en Los enemigos del comercio)
Prosigue la lectura y voy encontrando además problemas con el estilo historiográfico y literario. Fontana narra en párrafos muy cortos y directos pero a veces se dan explicaciones deficientes y se aprecian agujeros. En su empeño por hacer una historia más “diversa” se habla poquísimo de los grandes personajes (cosa que por cierto también se aprecia en el volumen anterior, que no se detiene a hablar de ningún rey) o de la historia de las ideas de la época (Ruiz Torres aquí sí es mucho más exhaustivo y didáctico). No sabemos nada de las motivaciones de las élites salvo por veladas referencias. Llauder y otros líderes militares y políticos prefieren perseguir a liberales que a carlistas, ¿por qué? El liderazgo progresista está fragmentado y es inoperante, ¿por qué? ¿Qué es el centralismo y cómo encaja en el panorama ideológico de la época? Váyase a leer otro libro de historia, aunque esta sea supuestamente una historia general y divulgativa. Comparado además con el volumen anterior de Ruiz Torres, aquí hay menos historia económica respaldada por datos, y también menor cantidad de evidencia historiográfica del pequeño pueblo, con lo que no solo se queda corta como historia general, sino también en su meta de ser una historia “diversa”. Este volumen es al peso dos terceras partes del anterior de Ruiz Torres, cosa que por si sola no significaría gran cosa, pero que unido a todo lo anterior ahonda materialmente en la sensación de que existen importantes carencias historiográficas.
Finalmente, en la página 177, ahí está: la inevitable diatriba basada en el materialismo histórico. Al margen de la ausencia de reyes y de las mencionadas invectivas contra las élites, me estaba sorprendiendo la contención ideológica del autor hasta aquí. Sin embargo, la decepción no procede tanto de encontrar a Marx a cara descubierta, que reconozco hasta me produce cierto regocijo, como a quien encuentra a Wally. La decepción viene de que al igual que el relato historiográfico, el tratamiento carece de profundidad y rigor. Ya metidos en vereda, hubiese apreciado el desarrollo de la perspectiva marxista hasta sus últimas consecuencias, pero nos tenemos que conformar con una serie de superficialidades que ni aportan valor a la historiografía ni retan al lector. Ni chicha, ni limonada.
La segunda mitad combina momentos de serenidad expositiva con una auténtica ensalada de conceptos y valoraciones marxistas, desde la bondad de los revolucionarios y su exquisito respeto a la integridad física de la propiedad y de las personas que la detentan, hasta la nebulosa idea de que los campesinos bajo el regimen feudal eran en realidad semi-propietarios que en efecto fueron expropiados y que en cualquier caso vivían mejor que en el regimen capitalista. Extraordinarias aseveraciones que, como viene siendo la tónica en el resto del libro, carecen de las extraordinarias pruebas que se les presupondría, y que además siguen viniendo acompañadas de todo tipo de invectivas sobre la “niña mimada” Isabel II o la pobre “calidad intelectual” de los ministros.
Termina con una serie de apreciaciones relativamente neutras y creíbles sobre problemas endémicos del XIX como la inoperancia del estado en cuestiones censales y hacendísticas, la falta de democracia y de parlamentarismo reales, o la negligencia de las élites en cuestiones educativas. Ahí mete también con calzador un batiburrillo sobre los males del libre comercio, mencionando los dislates de un economista de dudosa reputación de la época que ni nos dice quién es, pero nos asegura que es seguidor de Adam Smith. A todo esto, en la vocación de la serie de mostrar a España en el contexto europeo, durante todo el volumen ha ido mencionando de pasada las revoluciones francesas, pero poco menciona del explosivo y políticamente más estable crecimiento inglés basado en el libre comercio, y cuando lo hace se aprecia cierto tono admirativo que es completamente contradictorio con el resto de la lógica empleada.
Para rematar el autor nos ofrece una autojustificación de su lectura marxista del XIX sin reyes ni élites ideológicas, donde las tensiones de clase (fatal delineadas, como suele ser el caso) lo han definido todo pero han dejado rastro de muy poco, eximiéndose así el autor de cualquier responsabilidad en las deficiencias historiográficas y metodológicas del libro y culpando a todos los demás de la posibilidad de que el materialismo dialéctico no explique bien la historia del período.
Mi valoración negativa viene en definitiva no tanto de la lectura radicalmente sesgada de la historia que hace el autor, que creo que por las propias contradicciones internas de la ideología marxista y del aplastante peso de la evidencia acumulada en su contra a lo largo de los años empezaría con fuertes vientos en contra, sino por la dejadez intelectual del autor en hacer frente a ellos. Mucho más alta hubiera sido la valoración - hasta perfecta - si este libro me hubiese planteado preguntas interesantes o movilizaciones novedosas del ideario marxista, aún sin estar de acuerdo con ellas.
Como gracia redentora, la historia es historia y los que la amamos la leemos con fruición mientras la prosa sea medianamente abordable - aquí lo es - y cuando Fontana no se deja llevar por su ideología ofrece algunos momentos de brillo y autoridad.